En las entrañas de la protesta minera

Desde el colegio eran lanzados los gases y algunos caían en las viviendas. Por Bibiana Ramírez

 El lunes 14 de agosto salí para el Nordeste antioqueño con una Corporación en la que trabajo allí. La intención era acompañarlos en la recolección de denuncias e informar lo que estaban viviendo Remedios y Segovia con el paro minero, donde ya había heridos y ninguna entidad pública ni medio de comunicación lo estaban atendiendo.

Después de pasar la noche en Remedios, cerca al Coliseo, donde también estaba instalado el Esmad, madrugamos el martes a Segovia. En todos los lugares donde parábamos, la gente hablaba de la protesta que ya iba en su día veinticuatro, pues toda la región se estaba viendo afectada.

Entramos a Segovia por la vía principal, un poco impactados por su soledad. Mientras miraba por la ventanilla, en silencio, sentía que algo grave estaba pasando. Después del Batallón, en toda la curva que lleva al Hospital, estaba una fila del Escuadrón Móvil Antidisturbios y, al lado, la tanqueta. Detrás, en una pared decía, en letra muy grande: “paro minero”.

Más adelante, un carro con las llantas arriba, destruido, impedía el paso por esa calle larga y vacía. Nos bajamos. Yo saqué mi cámara y tomé una foto. Dos señores que estaban sentados en la acera empezaron a decir que para qué íbamos a hablar con la empresa, que deberíamos mostrar a la gente que estaba sufriendo. Se sentía la tensión, pues lanzaban sus frases sin preguntar quiénes éramos. Tuvimos que devolvernos y coger otro camino más largo para llegar al sector de la Electrificadora, donde estaban la mayor concentración y el bloqueo. Ese era el punto más estratégico; por ahí es por donde la Gran Colombia Gold pasaba sus volquetas para recoger material de la mina.

Cientos de mineros ocupaban la larga calle junto a la mayoría de entables artesanales para sacar oro. Las barricadas que había en el camino las quitaban para que pasáramos. Nos recibió Jaime, más conocido como Mongo, quien es vicepresidente de la Mesa Minera, conformada en 2016 para “dignificar el trabajo de los mineros”.

 Minería tradicional

Desde el 21 de julio, los mineros decidieron salir a hacer una protesta pacífica y cerrar las vías para llamar la atención del Gobierno. Primero, porque una serie de leyes y decretos fueron creados para criminalizar a los mineros ancestrales e impedirles vender el oro. Y, segundo, porque la Zandor Capital, filial de la multinacional canadiense Gran Colombia Gold, decía ser dueña de todos los predios que conforman a Segovia. Los mineros alegaban que ese territorio les pertenece desde que tenían la Frontino Gold Mines, desde los años setenta, pero que les fue robado en el 2003 por el gobierno de Álvaro Uribe Vélez para ser entregado a la Zandor.

Jaime nos habló de unos estudios realizados por Corantioquia donde señalan que la actividad minera desarrollada por la Gran Colombia Gold contribuye al ochenta por ciento de la contaminación en la región. “La idea de esta empresa es hacer minería a cielo abierto en todo el Nordeste”, dijo una fuente que trabaja allí y agregó que en diez años sacarían el oro que los mineros tradicionales tardarían cien. La minería en esta región data de unos cuatrocientos años atrás.

Fuimos al Coliseo, lugar que los campesinos e indígenas, que también se unieron a la protesta, llamaron campamento de refugio humanitario. Cuando hablábamos con ellos, todavía en la mañana, se empezaron a escuchar explosiones y se encendieron las alertas. La noche anterior, mientras el cura del pueblo realizaba una misa de sanación, con tres mil feligreses, el Esmad los dispersó con gases. Por eso, la tensión al siguiente día. El 31 de julio fueron los primeros enfrentamientos, cuando llegaron los campesinos y los indígenas. Los ataques duraron toda la noche y parte del día siguiente.

 La Fuerza Pública se impone

Cuando volvimos a la Electrificadora, ya había empezado la confrontación. Los mineros aseguraban que ellos solo se defendían si el Esmad empezaba a hostigar. Me invitaron hasta el Colegio, donde se atrincheró la Policía. No había más periodistas en la zona, por eso la necesidad de que todo quedara registrado. La Policía tumbó las rejas del Colegio, rompió lámparas y los techos; lo dejó casi inservible. No me acerqué mucho, pues soy consciente de que en este tipo de situaciones la prensa corre peligro.

Pruebas que recogió la comunidad d.e los artefactos lanzados por la Fuerza Pública

Pruebas que recogió la comunidad d.e los artefactos lanzados por la Fuerza Pública

También me mostraron cómo la Fuerza Pública se metía en las viviendas y desde allí lanzaba gases muy picantes. Algunos disparos de arma de fuego se escuchaban y la comunidad evidenció que había francotiradores. En varias ocasiones, hubo que correr porque el Esmad se acercaba a la Electrificadora, pero la respuesta de los mineros lo hacía retroceder.

Después del mediodía, llegó la noticia de que el joven Brandon Ochoa, “quien no hacía parte de la protesta, sino que estaba de observador, recibió un impacto de bala en el pecho”, según Lizbeth Albornoz, quien estaba al lado del muchacho, y también, un impacto de goma en su estómago. Casi tres horas se pasó Brandon agonizando. Falleció. Fue el primer muerto en esos días de protesta.

A la oficina de la Mesa Minera, llegaban los heridos que eran atendidos por la Cruz Roja. También llegó una madre con cuatro niños, todos llorando y casi sin respiración porque uno de los gases cayó en su casa. Les lavaron las caritas con leche para bajar la picazón y luego se los llevaron a un lugar seguro.

De un momento a otro, se escucharon unos gritos: “¡Se metieron, se metieron!”. Jaime nos dijo que fuéramos al hotel que estaba ahí cerca. La inundación de gases era casi insoportable. Otras personas también llegaron a este sitio. Las habitaciones estaban abiertas. En una de ellas nos metimos los de la comisión y unas seis mujeres del pueblo.

Mujeres valientes

Ya eran casi las cinco de la tarde. Los corazones estaban agitados. Los rostros se inundaban de llanto. Las explosiones se escuchaban más cerca y el hotel retumbaba. Yo recibía llamadas de algunos colegas de medios alternativos porque desde temprano estaba informando de la situación en redes sociales. Intenté salir de la habitación a registrar un poco, pero los gases y la presión de las mujeres me hicieron entrar de nuevo a ésta.

Una de ellas se empezó a preocupar por los muchachos que estaban peleando. “Se les debe haber acabado el vinagre, voy a salir a darles”. Empacó en una bolsa varias botellas con este líquido, se tapó el rostro y salió. A los quince minutos, regresó diciendo que “a nuestros hombres les estaba yendo mal”. Las explosiones no cesaban. Se escuchó una gritería y fue porque un muchacho cogió una pipeta de gas, la destapó y la iba a lanzar al Esmad. Los demás no lo dejaron, hubiese sido fatal. Además, porque ahí mismo estaban la gasolinera y la estación de gas natural. No estaría contando esta historia.

Esta misma mujer propuso que nos tomáramos de las manos e hiciéramos una oración. Yo, que soy un poco escéptica, acepté, pues ya me estaba preocupando. Ella tomó mi mano, la apretó y empezó a rezar. “Señor, aplaca esta ira y defiende al pueblo”. En ese mismo instante, se aflojó una tormenta y se calmaron los estallidos. Nos asomamos al balcón y vimos cómo uno de los tres drones que estaba usando la Policía para grabar a la gente, cayó por la lluvia. Fue como un trofeo.

Desde el balcón, estas mujeres animaban a sus hombres. La de la oración me dijo que allá al frente estaba su esposo, también luchando por la causa. Ellas empezaron a tirarles más vinagre para que resistieran a los gases. Ellos les agradecían: “¡Ustedes son unas guerreras!”. Otro les dijo: “¡Entren, muchachas, que hay francotiradores!”. La lluvia se calmó y la pelea continuó, pero en menor proporción. Ya estaba oscuro.

Esa noche tuvimos que quedarnos a dormir en el hotel. Eran 35 ollas en las que se preparaba el alimento para todos los manifestantes, incluso para la gente del pueblo; pero los fogones de leña no se prendieron esa noche. Se escuchaban los perros y los gatos quejarse. La gente en la calle, a hablar duro; de vez en cuando, alguna explosión o algún grito. A veces, risas o llantos. Dormir no se pudo.

Al siguiente día, salimos muy temprano para Remedios, que está a unos veinte minutos. Las calles de Segovia estaban desoladas. Parches negros y blancos marcaban el suelo. Eran las huellas de los gases y la ceniza del fuego para opacar la picazón. Piedras y vidrios resaltaban en el pavimento. El miércoles y el jueves continuaron las explosiones y los ataques, pero fueron muy esporádicos.

Bloqueada la entrada principal a Segovia. Bloqueada la entrada principal a Segovia. 

Se agudiza la confrontación

El viernes 18 volvimos a Segovia con algunas organizaciones sociales y una comisión de derechos humanos que llegó de Medellín para recoger denuncias y acompañar la protesta. El ambiente era diferente. Miles de familias estaban concentradas en la Electrificadora porque estaban haciendo un homenaje y la despedida a Brandon, casi todo el pueblo estaba allí. La mayoría llevaba camiseta blanca. Daba la sensación de esperanza.

Y muchos la tenían porque ese día estarían la Procuraduría, la Alta Consejería de la Presidencia para los Derechos Humanos, la Oficina de Derechos Humanos de la Gobernación de Antioquia y la Comisión para recibir denuncias de los desmanes del Esmad. También las mujeres tenían programado un viaje a Remedios para hacer una movilización pacífica, como ya lo habían hecho en Segovia días antes.

Esa reunión con la institucionalidad se realizó en la sede de los Bomberos. El lugar se desbordó por la llegada de tanta gente a denunciar. La actitud de los funcionarios era desprevenida y no prestaron la suficiente atención; por el contrario, acosaban para acabar rápido. Mucha gente se quedó sin ser escuchada por el Gobierno, pero sí por la Comisión.

A las cinco de la tarde, el Esmad lanzó un gas a la gente que iba hacia el cementerio a enterrar a Brandon. Todos se dispersaron instintivamente, un poco descontrolados. Ese era el afán de los funcionarios, algo sabían de lo que iba a pasar. Yo me quedé en la parte alta del pueblo. Esa vez el Esmad logró llegar a la Electrificadora con la tanqueta. Allá abajo las detonaciones y los gases aumentaban considerablemente. Unas diez mujeres cogieron la bandera de Colombia y se pararon en la mitad de la calle. Fueron sacadas con la tanqueta.

Desde arriba se escucharon algunos tiros de arma de fuego. Decidí buscar un lugar seguro, pero donde me pudiera enterar de lo que estaba pasando. Fui de nuevo a la sede de los Bomberos. “No respetaron ni el entierro de Brandon. No teníamos ninguna vía bloqueada. Teníamos las esperanzas puestas en esa delegación del Gobierno que había llegado”, dijo una mujer quien, en medio del caos, buscaba la salida para su casa.

Los Bomberos se la pasaban en una tensión constante. En cualquier momento, les tocaba salir a socorrer a algún herido. Todos se informaban por las redes sociales, sobre todo por el WhatsApp, donde tenían una gran cadena, casi todo el pueblo conectado.

Elmo Quintero, el encargado de los Bomberos, me decía que había pasado casi todo el mes sin dormir. Y en sus ojeras se notaba que estaba diciendo la verdad. Esa tarde los heridos aumentaban. Le llegó un video con uno de gravedad donde se le veía el pecho abierto. Más tarde nos dimos cuenta de que era la imagen de Alexis Acevedo, de 42 años, quien murió esa noche. Quedó otro herido de gravedad, al que días después le amputaron la pierna en el hospital de Rionegro.

El hambre empezaba a mostrarse. Los alimentos estaban más costosos. Se iban acabando las provisiones hasta de vinagre y leche para amortiguar el gas. El pueblo, ya agotado, exigía que retiraran el Esmad, que aún se mantenía dentro de las casas, el Colegio y el Hospital.

 Acuerdos para levantar la protesta

Todos esos días hubo una campaña de desinformación. El único medio que llegó a registrar lo que estaba pasando fue el canal venezolano Telesur, impulsado por la información que nosotros, desde Prensa Rural, estábamos publicando. Después, los medios nacionales empezaron a interesarse por la situación del Nordeste.

El gobernador de Antioquia, Luis Pérez, dijo públicamente que era un paro armado impulsado por el Clan del Golfo. Aseguró que la muerte de Brandon fue en una riña y la de Alexis por el mal manejo de la pólvora. Que los bomberos estaban repartiendo explosivos a la gente. Todo esto fue desmentido por los manifestantes y varios comunicados se publicaron, desde la Mesa Minera, para proteger a la población.

Por un momento, se calmaron los ataques y la gente volvió a las calles. Por un momento, se calmaron los ataques y la gente volvió a las calles. 

La misma transnacional pagó un aviso en el periódico El Colombiano donde señalaba a los mineros de ser el “cartel de los explosivos que tienen en jaque a Segovia y Remedios” y agradecía a Luis Pérez y al Esmad “por la celeridad para controlar el orden público y garantizar la seguridad de los habitantes de la región”. Seguridad que no existía.

El viernes 25 de agosto se dieron los primeros acercamientos en una reunión realizada en el Batallón de Segovia y con la presencia del viceministro de Minas, Carlos Cante, la Secretaría de Gobierno de Antioquia, los alcaldes de Remedios y Segovia, la Mesa Minera y la Gran Colombia Gold.

La propuesta de la Mesa Minera tenía catorce puntos para ser negociados. Entre ellos estaba hacer una caracterización de toda la cadena productiva de la minería ancestral y tradicional en los municipios de Segovia y Remedios; un periodo de transición de dieciocho meses para pasar de la informalidad a la formalidad; diferenciar minería ilegal y criminal de los mineros ancestrales; una oficina permanente de la Mesa Minera con apoyo técnico y económico del Ministerio de Minas y Energía; reglamentación de los contratos de operaciones; reforma del Código de Minas; suspensión del proyecto de Ley 169 de 2016 hasta que se formalice la cadena productiva de la minería.

La contraprestación económica con la Gran Colombia Gold es que sea entregado el ocho por ciento de toda la producción a ésta y el 92 por ciento a la cadena productiva. Todo esto, firmado a través de un decreto o resolución y en Segovia, delante de toda la comunidad y con la institucionalidad.

El 2 de septiembre, a los 44 días de protesta, se dio la firma. El Esmad fue retirado, nuevamente el comercio abrió sus puertas y la gente volvió a trabajar en las minas. El colegio fue limpiado por la comunidad y la Gran Colombia Gold se comprometió a arreglar los daños.

“Algunos cambiando las pelusitas, como le decimos al oro, para seguir sobreviviendo. Las filas eran largas para sacar el RUT y para vender. La mayoría quejándose de las pérdidas, pero hay una relativa calma. La recuperación es lenta, pero volvemos a respirar”, dijo Amparo Melo, esposa de un minero y quien estuvo haciendo denuncias de los atropellos de la Fuerza Pública.

Fuente: http://delaurbe.udea.edu.co/2017/10/22/en-las-entranas-de-la-protesta-minera/

 

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